οι φίλοι μου όλοι

ΤΡΕΛΟΙ ΚΑΙ ΜΟΝΟΙ, ΤΑΞΙΔΙΩΤΕΣ ΤΗΣ ΖΩΗΣ.

Friday, February 06, 2009

Los objetos perdidos

Las niñas se encontraban en el dormitorio de los padres jugando en la cama grande, mientras que la madre les contaba cómo había aprendido a bordar cuando joven. En ese mismo instante estaba bordando en su mecedora y solo una de las dos chiquillas, la menor, le prestaba atención. Había levantado los ojos de la página que estaba coloreando y, la mirada fija en la madre, oía ensimismada cómo la mujer más impaciente del pueblo le había amargado todas las tardes de aquel verano tan lejano. La mayor, absorta en su puzzle, se preguntaba dónde podría estar la patita del ratoncillo, la única pieza que le faltaba. La había buscado durante toda la mañana, pero sin resultado alguno.

Eran las nueve pasadas y el padre todavía no había vuelto. Aparte de la voz suave de la madre no se oía nada más en la casa, excepto algún que otro leve crujir procedente del parqué resentido por los años y el uso. Aquel era un parqué muy interesante: cambiaba de color y brillo, dependiendo de la luz y la época del año. Las niñas a menudo pasaban largas horas fijándose en las aguas de la madera e imaginando dragones, caballos y ojos turbadores. De hecho, parecía que todos esos seres fantásticos iban y venían sin orden ni lógica; un dragoncito que normalmente se encontraba en la pata derecha del cabecero de la cama de la mayor, había desaparecido hacía dos días aproximadamente. Ahora en su sitio no se veía más que uno de esos ojos odiosos que siempre se ven en todas las maderas. Una vez el padre les había contado que marcaba el sitio donde una ramita había nacido y después había sido cortada para que el árbol pudiese crecer más alto. Pero porqué el parqué de su casa tenía tantísimos ojos, el padre no lo supo explicar. ¿Tendrá memoria la madera?

En la tranquila habitación la historia se había terminado y la hora de acostarse, el peor momento del día, amenazaba la felicidad de las niñas. Un crujido mucho más fuerte que los anteriores interrumpió los pensamientos de la madre. ¡Esta casa y sus ruidos! Cuánto la asustaban de recién casada las tardes solitarias que su marido le imponía… Miró ansiosa a las niñas, pero ellas seguían imperturbables y les dirigió una sonrisa de agradecimiento. Volvió a su labor de aguja solo para levantar la cabeza un poquito más tarde, decidida ya a mandarlas a la cama. Pero la expresión en el rostro de la mayor la detuvo. La carita pálida y los ojos abiertos de par en par y fijos en la puerta entornada del dormitorio la hicieron desviar involuntariamente la vista hacia allí. No había nadie pero el terror sin articular de su hija la hizo estremecer. « ¡Mami, mami, mami!», exclamó la criatura. Se lanzó a sus pies, abrazándolos fuerte con manitas temblorosas y escondió la cabeza en la falda.

― ¿Pero, qué te pasa, pequeña?

― ¡Mami, hay un pie en la puerta!

― No, no hay nada.

― ¡Sí que lo hay!

― Yo no veo nada, mami, dijo la menor.

― ¿Ves que tonta eres? No tengas miedo, que aquí no hay nadie más que tu hermana, tú y yo.

― ¡Pero yo lo he visto! Era un pie con un zapato de esparto y ¡no se movía!

― Bueno, no pasa nada si lo has visto. A lo mejor ya no está; levanta la cabeza y echa un vistazo.

Y ella, valiente, levantó la cabeza solo para volver a esconderla rápidamente, llorando ahora de manera histérica. El olor del miedo se expandió en la habitación y la madre dudó. Pensó en el ruido que había oído antes, en su marido que no estaba y en esta casa vieja y grande, donde nunca se había sentido a salvo. Llamó a la otra niña y la incluyó en su abrazo. Pero ella se resistió, declarando con aplomo que no temía nada. Con estas palabras se deshizo del abrazo y se dirigió con paso firme a la puerta, abriéndola del todo. La madre cerró los ojos y cuando los abrió un momento más tarde la niña ya no se veía por ninguna parte. Hizo callar a su hija mayor y logró distinguir unos pasos recorriendo la casa entera. El suspense no duró mucho. La chiquilla regresó triunfante enarbolando como bandera el «pie» y riéndose de su hermana.

― El único pie que he visto yo es esta pieza de tu puzzle; estaba justo a la entrada de la habitación, allí, ¿ves? encima de este ojo en el parqué; ¡y por eso no la habías encontrado antes!

La hermana mayor se levantó con el semblante muy serio y cogiendo la pieza la encajó en su puzzle. La madre le preguntó con la mirada y la niña respondió con voz temblorosa:

― ¿Acaso has perdido algo últimamente, madre?

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